Abrazados por la misericordia

 

Testimonio de D. Nicoló Ceccolini, vicerrector de la Casa de Formación de la Fraternidad San Carlos y capellán de la cárcel de menores de Casal del Marmo

Fuenlabrada, 12 de noviembre de 2016

Fiesta de San Carlos

 

 

¿Qué significa vivir la Fraternidad de San Carlos? ¿Qué has encontrado que cumpliese la promesa de felicidad que buscabas?

Primero quiero dar las gracias por la invitación que he recibido para estar aquí con vosotros en estos días. He respondido con gran alegría, sobre todo por la profunda amistad que me une al padre Tommaso. Además le he hecho esperar demasiado para venir a verle aquí, a tierra española.

Cuando pienso en la Fraternidad de San Carlos mi pensamiento se va inmediatamente a aquella casa que el Señor me ha preparado desde siempre. He crecido en un pequeño pueblecito de mar, cerca de Rímini, en una familia creyente pero no practicante. Han sido mis abuelas las que me han acompañado en los primeros pasos en la vida de la fe. Mis padres nunca me han impedido que fuese a la parroquia para recibir los sacramentos e ir a la catequesis. Justo cuando tenía nueve años llegó mi primer y fundamental encuentro de la vida: en mi parroquia conocí a un cura que había llegado hacía poco. Me llamó la atención sobre todo la alegría y felicidad que tenía en los ojos. Creo que fue la primera persona que conocí que estaba agradecido por su vida. Me dije: “Yo también deseo ser feliz como él”. Dios vino a buscarme a aquel pequeño pueblo.. Con este sacerdote nació una amistad muy bonita e intensa. Después descubrí que pertenecía al Movimiento de Comunión y Liberación.

En los siguientes años, el segundo encuentro decisivo para mi vida sucedió a través de la catequista que me preparaba para la Confirmación. A través de ella pude decir que había encontrado el movimiento de una forma más consciente. El camino privilegiado para este encuentro fue el canto. Empezamos la experiencia del coro y con aquellos nuevos amigos vivimos una aventura bellísima que llevó a madurar aquella semilla de la vocación que había visto a los nueve años. Encontrar el movimiento fue para mí encontrar el tesoro de la vida, por el que estaba dispuesto a renunciar a todo con tal de seguir viviendo esta experiencia.

Fue justo este deseo lo que me hizo conocer la Fraternidad de San Carlos. Había leído sobre ella en una entrevista a su actual superior, don Paolo Sottopietra, en la que decía que en la Fraternidad entran jóvenes que han madurado su vocación al encontrarse con el movimiento y que desean ser educados según el carisma de don Giussani para después llevarlo a todo el mundo. Cuando leí aquella frase, me dije: “Quiero ir allí, es el lugar para mi”. Entré en el seminario y viví con mis padres algunos momentos difíciles, sobre todo con mi padre, que no aceptaba mi decisión;  el diálogo con él se interrumpió durante algunos meses. Me presenté delante de mi obispo y le dije que quería entrar en el seminario de la Fraternidad para no perder el tesoro que había encontrado, el movimiento, a pesar de que no había pensado en irme de misión.

Después de aquel primer año, me quedé fascinado por la vida de la Fraternidad de San Carlos. ¿Qué encontré? Sobre todo entendí que el Señor me estaba  pidiendo un acto de abandono total, dejar atrás muchas comodidades y fiarme de él. Esto lo entendí con el episodio del joven rico que se presenta a Jesús con el deseo de seguirle y con la experiencia a sus espaldas de lo que había obtenido siguiendo la ley. Jesús le invita a dar un paso más de abandono. Ese día me sentí como aquel joven.

En la Fraternidad san Carlos he encontrado una casa habitada por personas libres y felices. Cuando en Roma veía volver a alguno de nuestros sacerdotes después de un tiempo de misión, me impresionaba siempre la felicidad en sus rostros y la libertad con la que se trataban entre ellos. Comprendí que la Fraternidad era el lugar que el Señor había pensado desde siempre para mí.

Pero ha sido la experiencia de la amistad vivida en el seminario, por la que debo tanto al  padre Tommaso, la que me ha hecho reconocer que la Fraternidad no era solo el sitio que Dios había pensado para mí, sino que aquella casa me la había preparado desde siempre. Gracias al don de la amistad la Fraternidad de San Carlos es mi casa. Y la amistad es realmente el adelanto del paraíso en este mundo.

Junto a la experiencia de la amistad, lo que me ha hecho ceder a la invitación de Dios a entrar en la Fraternidad ha sido la certeza de tener una casa, es decir, amigos y compañeros llamados a la misma vocación que caminamos juntos. La certeza de que, después de una larga jornada, cuando se vuelve a casa cansados, hay alguien que te espera.

Desde pequeño he rezado y participado en la misa de los Domingos. Muchas veces a escondidas de mis padres. En la Fraternidad he encontrado una casa que podía ayudarme en el deseo de rezar y entrar en relación con Dios.

Por último, pero no menos importante, he encontrado una casa con padres a los que seguir. Pienso sobre todo en don Massimo. Siempre me he sentido amado, querido, acogido y escuchado por él. Y gracias a esta nueva paternidad he podido aprender a perdonar mi historia anterior, en particular la relación con mis padres. En el perdón se comprende todo, ya sea el bien o el mal, y ha servido para que llegase hasta aquí. La Fraternidad, por lo tanto, es para mí la casa del perdón y del gozo.

 

¿Qué representa para ti la experiencia de la cárcel de menores?

En estos seis años en la cárcel de menores de Roma, puedo decir que el Señor me ha hecho mucha compañía. En la cárcel estoy, tres veces a la semana, con chicos y chicas entre catorce y veinticinco años. Actualmente son unos sesenta y cinco. Cuando empecé, diciendo sí a la propuesta de un superior, tenía un poco de miedo porque no sabía qué podía encontrar. De la cárcel se saben siempre las cosas peores y no se espera nada bueno. Con el tiempo el encuentro con estos chicos ha cambiado mi vida.

  1. ¿Quiénes son estos chicos?

En estos años he conocido a muchos. La mayoría viene de Europa del Este, de la zona del Magreb, otros son italianos y gitanos. Es un concentrado de culturas y religiones. Muchos de ellos tienen historias muy difíciles y dolorosas a sus espaldas. La primera vez que entré en la cárcel lo que más me impresionó fue ver en sus rostros  y en sus ojos los signos de una vida cargada de años, a pesar de ser tan jóvenes. Habían pasado por muchas cosas. Algunos de ellos llegan a Italia en pateras desde las costas africanas, atravesando el Mediterráneo.

Al principio se requiere un poco de tiempo para que estos chicos se fíen de ti, pero cuando entienden, no tienen miedo a contarte sus heridas y empiezan a hablar de ellos, de por qué han acabado en la cárcel: daños contra el patrimonio, venta y consumo de drogas, delitos a veces graves. Pero para la mayoría de ellos el drama real es el familiar, la falta de figuras de referencia. Uno de ellos me decía: “He entendido que en la vida puedes tener todo lo que quieras, ¡pero el amor de una familia no tiene precio! Quizás si hubiese tenido un padre a mi lado desde pequeño ahora no estaría aquí… y, para serte sincero, si he actuado mal, ¡ha sido también para llamar su atención!

Hay otro chico que el tres de septiembre cumplió veintidós años. Nos conocemos desde hace tiempo. Por desgracia el día de su cumpleaños no me fue posible ir a la cárcel para felicitarle, pero a través de un seminarista le mandé una felicitación. Unos días después, mientras estaba paseando por el patio, me saludó desde detrás de los barrotes de la celda y le hice notar la gran sonrisa que tenía. Me dijo que estaba contento por haber recibido la felicitación que le había enviado. Le pedí perdón por no haber conseguido acercarme a verle el día de su cumpleaños y me dijo: “Estoy contento porque lo más importante no es que alguien te traiga algo, sino que haya alguien que se acuerde de ti”. La cárcel es esto: en una situación extrema entendemos mejor aquello que necesitamos para vivir: que haya alguien que se acuerde de ti, alguien para el que nuestra vida es importante.

  1. La cercanía de Dios a través de ellos

¿Cuál es, entonces, mi experiencia en la cárcel? Puedo decir que es un gran privilegio porque es una experiencia que me hace sentir y reconocer más cercano a Dios en mi vida. Dios me ha enseñado mucho en estos años a través de estos chicos.

Sobre todo me ha obligado a rezar más y de forma más verdadera. Delante de tanto sufrimiento, ¿qué puedo aportar? Nada, sino aquello que recibo, nada sino las palabras que Dios me sugiere. Una de las experiencias más fascinantes que se hace con ellos es revivir los hechos narrados en el Evangelio. Cuando sucede por ejemplo que voy por los módulos y los chicos me invitan a cenar con ellos, noto la premura, y me viene a la mente la alegría de los publicanos y pecadores que acogen a Jesús en su casa.

He descubierto la importancia de estar. Solo la fidelidad es capaz de abrir los corazones más  cerrados y duros. Esta fidelidad está hecha no tanto de palabras sino de pequeños gestos de atención: una sonrisa, un abrazo, un estrecharse las manos, un sobre para poder escribir a casa… Para nosotros puede no ser nada, pero para ellos es un signo decisivo. Un aspecto fundamental de la fidelidad es aprender a escuchar, a no tener esquemas preconcebidos, a estar disponibles a reinventar el modo de estar con ellos cada día. Solo esta disponibilidad permite encontrarse de verdad con los chicos, porque se les mira a la cara.

La cárcel me está enseñando a tener una mirada diferente sobre la vida. No existe solo lo blanco y lo negro, sino muchos matices grises. Una mirada que no tiene miedo de pararse en el mal que ellos han cometido para ayudarles a tomar conciencia. No es un trabajo fácil, se necesita mucho tiempo y paciencia. Es importante llamar a las cosas por su nombre, lo que está bien y lo que está mal. Al mismo tiempo se les tiene que acompañar en un lento camino hacia una nueva esperanza. Me acuerdo de uno de ellos, que mató a una mujer atropellándola con un coche e hiriendo a otras nueve personas. No era capaz de dormir por la noche por lo que había hecho, ¡cuánto tiempo hemos pasado en su celda en silencio! Un día me preguntó: “Padre, ¿tú crees que Dios me perdona por lo que he hecho?” Comenzamos a hacer juntos un camino para descubrir quién es este Dios que perdona, leyendo el Evangelio.

Cuando tengo delante a un chico es importante recordar que él no es el error que ha cometido. Mirarle a los ojos me recuerda cuánto se me ha perdonado a mí.

Es también decisivo que los chicos sientan confianza. Solo así es posible apostar por el deseo de bien que cada uno de ellos lleva en el corazón. La confianza devuelve la esperanza de comenzar otra vez a creer en uno mismo. Otro chico, al que conozco desde hace tiempo, cuando le dieron la noticia de que iba a salir para seguir el camino en una comunidad y que según los demás volvería a la cárcel en poco tiempo, se me acercó y me preguntó: “Necesito saber si tú crees que puedo cambiar o no”. No olvidaré jamás aquella mirada.

Finalmente, estoy aprendiendo a creer en el cambio de cada hombre y en que la experiencia de la resurrección es posible siempre. Todos los domingos por la mañana celebramos con los chicos la misa y me ofrezco para confesar. En la misa participan muchos chicos de religión musulmana. Es un momento bellísimo de encuentro y para cada uno puede ser una ocasión para pedir perdón y levantar los ojos hacia el cielo. Christian llegó de la cárcel de Milán, después de haber estado involucrado allí en unas peleas. Un día me lo encontré sentado en la mesa del comedor con una mano hinchada y dolorida. Nos dijo que se había hecho daño dando unos puñetazos a la pared y rompiendo todo lo que había en la celda porque su novia le había dejado. Le dijimos que no podíamos resolver su problema pero que si quería nosotros estábamos allí. Al poco tiempo comenzó a abrirse, a contar, hasta que volvió a rezar y a misa después de cinco años de no entrar en una iglesia. Llegó hasta pedir la confesión. El encuentro con el perdón de Dios nos hace sentirnos amados, nos hace sentir que no estamos solos. Mirad lo que escribe: “En la cárcel me sentía abandonado a mí mismo, pero entendí que no es así. Si estás con personas que te quieren y se interesan por ti, cualquier lugar puede ser tu casa”, incluso la cárcel. En otra conversación me dijo: “Me he dado cuenta de que cuando llegué a lo más bajo, Dios me rescató”.

¿Qué hago en la cárcel? Es una pregunta que me hacen a menudo los policías: “Mira, todos son delincuentes y lo seguirán siendo”. Entonces me respondo: voy para sentirme más amado por Cristo y para compartir un trozo de camino con estos chicos, ofreciéndoles aquello que para mí ha sido un don: la belleza de la amistad que se me da en la Fraternidad, en la que hay espacio también para cada uno de ellos. Voy para que aunque solo sea uno de ellos pueda descubrir que es un universo bellísimo, que tiene un corazón más grande que el mundo entero, que es un tesoro inagotable. Voy para que aunque solo sea uno de ellos pueda conocer cuánto es amado por Cristo, compartiendo mi vida con ellos. Me acuerdo de lo que dijo una vez Jean Vanier: “Anunciar el Evangelio no es decir ‘Dios te ama’, sino ‘Yo te amo y quiero comprometerme contigo’”.

He descubierto una posibilidad de amistad con todos estos chicos, más allá de toda cultura y religión. Los chicos cambian cuando se sienten queridos, como cada uno de nosotros.

Me siento un privilegiado por vivir esta aventura con los chicos, que con su gozo, con su entusiasmo, con sus ganas de vivir, con sus fatigas y sufrimientos, me hacen sentir cercano a Dios. Con ellos empiezo a experimentar aquello que me dijo el padre Gaetano, capellán de la cárcel desde hace 35 años, uno de los primeros días que llegué: “Si habéis venido a buscar un lugar donde descansar, os habéis equivocado. Pero si habéis venido a buscar un lugar donde aprender qué es la paternidad, no hay sitio mejor”. Esta promesa la custodio en el corazón.

 

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