Homilía fiesta san Carlos 2017

Homilía de D. Emilio Pérez

 

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Celebramos hoy la solemnidad de San Carlos Borromeo en esta querida parroquia de San Juan Bautista de Fuenlabrada –que, por cierto, me albergó en una de mis convalecencias— encomendada desde hace algunos años al cuidado pastoral de los sacerdotes de la Fraternidad San Carlos. A su párroco Tommaso, a los vicarios parroquiales Giuseppe y Stefano, y a sus colaboradores más estrechos, un cordialísimo saludo que hago extensivo a los sacerdotes concelebrantes y a todo el pueblo de Dios aquí reunido para la celebración.

Mi interés por este santo italiano, nacido en Arona (Lombardía) el año 1538, agregado al colegio cardenalicio en 1560 por su tío el Papa Pío IV y nombrado arzobispo de Milán en 1564, se despertó en 1989 cuando unos muy queridos amigos sacerdotes, me regalaron un recordatorio, que todavía contemplo a menudo en mi estantería delante de los libros dedicados al sacerdocio. El recordatorio tenía, por un lado, una ilustración del santo a caballo visitando a los enfermos de lepra en la ciudad de Milán y, por el otro, una frase de don Giussani que decía: “una pasión por la gloria de Cristo y la vida como testimonio de esta pasión”. Y en letra más pequeña, el motivo del recordatorio: la fecha del reconocimiento de la Fraternidad como Sociedad de Vida Apostólica de Derecho Diocesano. La relación con estos amigos queridos de la fraternidad y la existencia misma de la fraternidad, es decir, la forma de vida común que llevan para sostenerse en la memoria viva de Cristo, la forma de la misión, es decir, la generación de la auténtica comunidad cristiana (recuerdo haber escuchado infinidad de veces en los días libres que pasábamos juntos, que la misión es la dilatación de la casa, de la vida de la casa) y la pasión por el hombre concreto, ha sido siempre, también ahora, un bien para mi propia vida y para el ejercicio de mi ministerio sacerdotal, como me escribía don Massimo Camisasca el 14 de junio de 1996, cuando el Señor nos había desvelado a través de las circunstancias mi sitio en la Iglesia, es decir, el sacerdocio diocesano, y no la pertenencia a la fraternidad. Don Massimo, después de reconocer con alegría el don de la verdadera amistad que el Señor nos había regalado, se despedía diciéndome: “eres el primero entre los miembros de honor de nuestra fraternidad”. Por esta historia fascinante de amistad que el Señor ha hecho con nosotros, es para mí un motivo de gran alegría celebrar juntos esta tarde la Eucaristía.

 

Miremos juntos los rasgos que la liturgia nos ofrece para adentrarnos en la celebración.

“Conserva, Señor, en tu pueblo el espíritu que infundiste en el obispo san Carlos Borromeo, para que la Iglesia se renueve sin cesar y, pueda mostrar al mundo el verdadero rostro de Cristo, configurada a su imagen”, hemos rezado en la oración colecta.

Desde que empecé a rezar la liturgia de las horas, bien jovencito, gracias a la paternidad de D. Francisco Golfín (el Obispo que más tarde haría posible vuestra presencia, la presencia de la fraternidad san Carlo en España y en esta parroquia) y de D. Rafael, que eran los sacerdotes de la Parroquia de San Jorge, a la que mi madre me llevó a la edad de los catorce años, siempre me ha llamado la atención esta oración, ya que en ella he visto descrito con sorpresa el deseo profundo, el más verdadero, de mi corazón: poder encontrar el significado de la vida, manifestado en el verdadero rostro de Cristo. Ahora sé que es éste el deseo de mi corazón porque cuando uno descubre este Rostro, se topa con Él, se desvela su verdadero yo, su verdadero rostro, y le sucede la experiencia que tan bella y profundamente describe Calderón en su Obra La vida es sueño:

“Tu voz pudo enternecerme, tu presencia suspenderme, y tu respeto turbarme. ¿Quién eres? Tú sólo, tú has suspendido la pasión a mis enojos, la suspensión a mis ojos, la admiración al oído. Con cada vez que te veo nueva admiración me das, y cuando te miro más, aún más mirarte deseo”. Es sólo delante de Su presencia, reconocida y amada, cuando el corazón se da cuenta de lo que verdaderamente buscaba, deseaba, necesitaba y anhelaba para el vivir cotidiano.

Cómo no estar agradecido al Señor por la Iglesia, el lugar donde encontrar hoy este Rostro, cómo no estar agradecido al Señor por esta madre sabia y prudente que engendra a sus hijos en la fe y los alimenta con este alimento tierno y sabroso; y cómo no estar agradecido al Señor por los pastores que Él mismo suscita, llamándolos y poniéndolos al frente de Su casa, para acompañar y enseñar a sus hijos a vivir, con todos los factores que implica el vivir: rezar, trabajar, descansar, disfrutar, sufrir, amar y a ser amados. No como fruto de un esfuerzo ascético o de un deber impuesto desde fuera, sino como fruto de la sorpresa inmediata que la experiencia descrita por esta oración, desvelaba y describía como la verdad más profunda de mi propio corazón: “conocer y contemplar Tu Rostro, Dios mío”. Además, con el paso del tiempo, el rezo repetido de esta oración me ha permitido entender mi propia existencia, ya que tanto en mi familia, en la relación con mis padres, mis hermanas, tíos y primos, con los dos sacerdotes anteriormente citados y todos los demás que vinieron después entorno a la vida de la parroquia y, más tarde, en la vida del movimiento de Cl, en la persona de Giussani, de Julián Carrón y de tantos amigos, mi corazón había empezado a conocer y a gustar la presencia buena, tierna y apasionada del Señor que tenía (y tiene) la determinación de acercarse cotidianamente a mi vida para salvarla.

Por pura gracia de Dios, gracia que se manifestaba en un misterio de preferencia, como tantas veces me decía don Francisco, el Señor respondía “primereándome”, a la pregunta más seria de nuestra época, la más radical, porque toca la exigencia más profunda del corazón de cada uno de nosotros: ¿dónde está Dios? Se trata de la pregunta por alguien o algo que responda a nuestra exigencia infinita, exigencia que sale a la luz en el vivir cotidiano, debido a nuestra naturaleza, que en la experiencia cotidiana, desvela su potencia como deseo y al mismo tiempo su fragilidad como intento de respuesta. La experiencia del límite hace aflorar incluso con mayor dramaticidad el deseo de vivir en plenitud la vocación que hemos recibido, para ser constructores de este mundo tan bello y apasionante que espera encontrar, aún sin saberlo, este Rostro que llena el corazón de alegría y de paz, dentro de la lucha diaria.

Cuanto más tiempo pasa, más me conmueve descubrir el método que Dios ha usado y usa para salvarme/nos; y se me va haciendo más evidente, cómo el Señor nos conoce, conoce nuestra pobreza, nuestra incapacidad y, por eso, nos “primerea” para responder a este grito. Por eso, llena de alegría escuchar la palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado.

Decía la primera lectura. “Así dice el Señor Dios: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro”. Es para romper a llorar de alegría. Antes de que nosotros busquemos a Dios, es Dios el que nos busca a nosotros. ¿Y cómo nos busca, cómo sale a nuestro encuentro? A través de la realidad, a través de nuestra propia experiencia. “Puede darse en nosotros una resistencia a la provocación de la realidad, como si no fuéramos capaces de entender qué indican esos síntomas, como si no captásemos su razón de ser. Pero esos síntomas son como el grito que Dios, lleno de ternura por nosotros, hace brotar de nuestras entrañas. Es como si nos dijese: “A través de los síntomas que percibes en ti, ¿no te das cuenta de la necesidad que tienes de mí? ¡Y no porque te lo diga otro o porque te mande un ángel, sino por estos síntomas” (Julián Carrón). Es desde dentro de la propia experiencia que vivimos donde podemos reconocer este no bastarnos, este “no poder estar satisfecho por cosa terrena. Ni siquiera, por el mundo entero”. Este “considerar la inmensidad inabarcable del espacio, el número y la mole de estrellas y encontrar que todo es poco, pequeño para la capacidad del alma”, como decía Leopordi, y empezar a buscar Su Presencia, la Presencia que necesitamos para vivir y de la que nos habla, nos insinúa, la propia realidad.

El profeta Ezequiel era sacerdote en Jerusalén y fue deportado a Babilonia con el grupo de exiliados el año 597 antes de Cristo. Imaginaos lo que significaba para un judío, y más para un sacerdote de Jerusalén, ser arrebatado de la ciudad santa, del templo y de su rey. Es en este contexto, en este gran problema existencial, donde Dios mismo, a través del profeta, empieza a anunciar una gran noticia, una gran promesa, que el Dios que se manifestaba en la grandeza del cosmos y en su belleza, del que hablaba la primera visión de Ezequiel, quiere implicarse en la historia, en la poquedad del tiempo y el espacio, para mostrar al hombre Su amor: “Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones”. El Señor viene a nuestro encuentro desde dentro de nuestra experiencia, también cuando nos desperdigamos a otros lugares los días de oscuridad y nubarrones, para que podamos escuchar su llamada, su voz inconfundible, que devuelve a nuestro corazón la esperanza: “Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel”. A ningún hombre, ni al más inteligente, se lo podría ocurrir lo que Dios mismo tenía preparado: “Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido”. Al hombre necesitado y herido que somos cada uno de nosotros y a nuestros hermanos los hombres, no podemos salirle al encuentro con un “discurso”, por muy bonito que sea, porque no nos basta; sabiéndolo, el Señor ha tenido piedad de nuestra pobreza radical y se ha hecho presente carnalmente.

 

Por eso, imaginaos por un instante a Jesús, a los discípulos y a los fariseos, que conocían bien este texto de Ezequiel, ensimismémonos con la escena del Evangelio que se ha proclamado: “En aquel tiempo, dijo Jesús: Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas… Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas”. Dios estaba en ese instante cumpliendo Su promesa a los que tenía delante. Bastaba sencillamente adherirse al atractivo de este anuncio, a esta correspondencia, al Hombre que les hablaba. ¿Cuál era el rasgo más fascinante de este Hombre, su rasgo más inconfundible? El hacer experimentar al hombre la misericordia del Padre, que es nuestra mayor necesidad. “Porque todos tenemos la experiencia de destruir lo que amamos, de que fracasamos allí donde querríamos triunfar, de que somos incapaces de construir justamente las situaciones que más nos importan, de que caemos en una espiral de errores, de debilidades, de mezquindades, sin saber cómo salir de ahí. Nos vemos impotentes, aplastados por nuestros límites, jueces despiadados de nosotros mismos, casi hasta el punto de que nos consideramos imperdonables. ¿Quién volverá a darnos crédito, después de todo lo que hemos hecho? ¿Quién podrá querernos aún, si somos tan frágiles, tan inadecuados, tan incoherentes? Este es el rostro más incómodo, más humillante de nuestra pobreza, de nuestra impotencia para ser, de la que el Evangelio nos habla constantemente. En el fondo de nuestro sentimiento de fracaso, de frustración, de rabia, existe una sed de perdón más o menos expresada, existe la espera de una mirada que nos permita empezar de nuevo, aunque a veces no nos lo confesemos ni siquiera a nosotros mismos” (Julián Carrón). Por eso, decía el Papa Francisco: “no se puede comprender esta dinámica del encuentro que suscita el estupor y la adhesión sin la misericordia. Sólo quien ha sido acariciado por la ternura de la misericordia conoce verdaderamente al Señor. El lugar privilegiado del encuentro es la caricia de la misericordia de Jesucristo a mi pecado. Y por eso, algunas veces, me habéis oído decir que el puesto, el lugar privilegiado del encuentro con Jesucristo es mi pecado”. Un hombre que ha experimentado la caricia de la misericordia conoce a Dios y desea, como hemos repetido en el Salmo; “cantar eternamente tus misericordias, Señor”.

Es el Nazareno el que se presentó y se presenta como acontecimiento que introduce en la historia una novedad de vida imprevista e inagotable, la única capaz de responder al deseo de nuestro corazón. ¿Cómo lo hace? Decía san Pablo en la segunda lectura: “así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros… como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo”. Esta unidad en la caridad de la que habla san Pablo, que da forma a la vida cristiana, a la amistad como prenda de santidad, fruto del Espíritu del Resucitado, es la experiencia que cotidianamente recibimos a través de la forma de enseñanza a la que hemos sido confiados, el carisma que el Señor donó a don Gius y que ahora guía paternalmente Julián Carrón.

Por eso, siendo consciente Jesús de que es el Camino, la Verdad y la Vida de cada hombre, dice en el final del Evangelio que hemos escuchado: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor”.

Por eso, y con esto termino, la oración colecta con la que hemos empezado, también describe (y lo convierte en súplica, que es lo que podemos hacer nosotros, mendigos de Cristo) lo que uno desea ser cuando ha tenido y gustado este encuentro con Jesús: convertirse ante el mundo, por el don gratuito del Espíritu que el Señor infunde en Su pueblo, en los que son Suyos por el sacramento del Bautismo, en el verdadero rostro de Cristo para todas las personas que se encuentran con nosotros, para Su Gloria humana. Se lo pedimos juntos en esta celebración por mediación de Su Madre, que es también nuestra Madre, y de San Carlos Borromeo: Veni Sancte Spiritus, veni per Mariam.

 

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