Llamados a vivir un tiempo misterioso

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Queridos amigos:

desde el Miércoles de Ceniza la Iglesia nos invita a cuidar nuestra hambre de Dios. Este año la Cuaresma se está revelando una ocasión preciosa para purificarnos. La conversión no puede ser fruto de nuestras ideas o propósitos planteados por nosotros mismos, sino el mirar la realidad como la mira Dios. Por tanto, la emergencia del Coronavirus es una oportunidad para comprobar si nuestra fe es suficiente para sostener la existencia.

Volveremos a descubrir que Tú estás entre nosotros

En estos días nos descubrimos frágiles. Ante la incertidumbre y sin conocer el futuro, es difícil esconderse a uno mismo. Todos intuimos que esta circunstancia nos obliga a cambiar algo. ¿Cómo puede ser eso? Gracias al silencio de estos días y a las conversaciones que estoy manteniendo con muchos de vosotros, empiezan a aflorar en mí preguntas muy profundas. Son las preguntas que siempre tenemos y nunca sacamos, porque vivimos aturdidos por el ruido del mundo. Esta circunstancia no deja de ser un problema, pero también en estos momentos hay algo que nos invita a crecer. Quiero compartir – y ojalá nos podamos testimoniar unos a otros lo que estamos aprendiendo – una reflexión que en estos días me está acompañando.

Me atrevo a decir que nos encontramos en un tiempo precioso, una ocasión para ver si nuestra fe logra ser la respuesta a las preguntas más auténticas de nuestro corazón.

¿Por qué soy tan frágil? ¿Por qué existe la enfermedad y el miedo? Quizá tenga que aceptar que no soy Dios, que no puedo controlar. Que dependo de Alguien más grande que yo. El mismo que me dio la vida a mí y a mis seres queridos.

¿Qué significa querer? Muchas personas que están enfermas en sus casas me están testimoniando lo difícil que es vivir la caridad cuando la convivencia se hace insoportable y emergen todas nuestras debilidades y pecados. Pedir perdón se vuelve indispensable: siempre lo es, pero ahora no podemos huir.

¿Qué valor tiene el tiempo, este tiempo que parece “perdido”? Tendremos que pasar muchas horas en casa en las próximas semanas. La fe nos enseña que el valor del tiempo lo da el Señor resucitado, no lo que nosotros podamos hacer en ello.

La preocupación por nuestro trabajo y economía, por la salud de tantos familiares y amigos vulnerables… ¿Qué puede resistir a esta incertidumbre? Solo la conciencia de que Cristo nos ha alcanzado y nos ha hecho hijos suyos. No dependemos de la nada, sino del Señor, ante cuya presencia algún día todos tendremos que rendir cuentas. Nuestros pequeños o grandes sacrificios nos obligarán a dirigir nuestra mirada a Aquel que en la Vigilia Pascual la Iglesia proclamará vencedor del tiempo y del espacio. Ya no hay ninguna circunstancia que no pueda convertirse en bien.

Vivir con esta conciencia hace que cada instante se convierta en ocasión para amar y ser amado. Este es el significado de la existencia y la circunstancia que estamos viviendo nos apremia a entenderlo y hacerlo carne.

En este tiempo podemos hacernos “próximos”, como el buen samaritano. Podemos descubrir nuevas formas de caridad, por ejemplo buscando por teléfono a las personas más necesitadas de nuestro afecto y compañía. Rezar el rosario y no dejar, sobre todo el domingo, de meditar el Evangelio del día, sin salir de casa. A mí me está ayudando también una decisión: no mirar demasiadas noticias, dedicar cinco minutos al día para ver la actualidad y luego no dejarse arrastrar por la curiosidad inútil. ¿De qué serviría estar constantemente actualizado? Mejor escuchar música, leer, y dedicar un espacio importante a la oración: el rosario, los laudes, el Ángelus tres veces al día… sin una pequeña regla de oración personal o familiar, será difícil no sucumbir espiritualmente ante esta circunstancia. Si necesitáis ayuda para decidir qué leer o cómo vivir este tiempo en la situación concreta de cada una, no dudéis en poneros en contacto con nosotros los sacerdotes.

Con este mensaje espero que, junto con mis hermanos, nos sintáis cercanos. Todos los días ofrecemos la Eucaristía y el rezo del Santo Rosario por los enfermos, por los moribundos y los que están falleciendo sin el consuelo de los sacramentos, por los sanitarios, por todo el pueblo santo de Dios y especialmente el que nos ha encomendado. Es una cercanía misteriosa y efectiva a la vez. Cuidémonos unos a otros, miembros de nuestra comunidad, a través de llamadas, mensajes y conversaciones útiles. No tengamos miedo a pedir ayuda para vivir mejor este tiempo: quizá nuestra comunidad necesite, como toda la Iglesia, este tiempo de prueba para descubrirse más unida. Que el Señor habite nuestros pensamientos y acciones en este tiempo.

Un abrazo a todos y cada uno de vosotros.

P. Tommaso, párroco

Junto con P. Giuseppe, P. Francesco, P. Stefano

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