Meditación cuaresmal

Meditación cuaresmal

«Se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Fuenlabrada, 9 de marzo de 2018.

 

Este es un tiempo de Gracia. Un tiempo para volver a lo esencial, a lo que sostiene nuestra vida. La Cuaresma no es un tiempo triste, no se nos invita a llorar sin un por qué. Cuántas veces nos equivocamos, al pensar en la conversión o en el sacrificio como si fueran experiencias de fatiga o de renuncia. Nada de todo esto: la Cuaresma es un tiempo para volver a calentar el corazón reafirmando lo que nos salva. Es un tiempo favorable (2Cor 6,2), que propicia y facilita reorientar el camino, brindándonos unos instrumentos – pensemos en la riqueza educativa de la liturgia o en las tres indicaciones que la Iglesia mantiene para este tiempo y que llevamos a cabo en lo que estamos haciendo ahora en esta tradicional Cena de la pobreza: el ayuno, la limosna y la oración. El papa, como hemos escuchado (cfr. Mensaje para la Cuaresma 2018), nos invita a tener en cuenta siempre estos tres ejes, más que nunca actuales.

Este es, pues, un tiempo para tomar conciencia de nuestra vocación o para retomarla, si es que ya la tememos. En su Regla, San Benito dice que es el tiempo en el que vocación del monje debe reencontrarse a sí misma, su verdad, la que debería vivir todo el año (cfr. RB 49,1-3). Por esa misma razón la Iglesia llama a todos los fieles a renovar su vocación cristiana, su vocación bautismal. La Cuaresma es como una profundización del catecumenado, aquello que nosotros – lamentablemente – no hemos hecho ni antes ni después de recibir el Bautismo y que tenemos que vivir ahora explorando las bases de la fe que nos ha sido donada, para alcanzar la renovación de las promesas bautismales en la noche de Pascua y poder avanzar en el camino de la vida.

Si no retomamos en cada instante qué es lo esencial, nos perdemos en nosotros mismos. En su mensaje, el Papa presenta una imagen bíblica muy potente para expresar esta pérdida: «el amor se enfriará» (cfr Mt 24, 12). Algo intolerable a los ojos de Dios: que se enfríe el amor, que pierda su calor y por tanto su fuerza, su empuje, su razón de ser. Un amor que podemos comparar a una caja que nos regalan al cumplir los años y la descubrimos vacía, sin contenido. Qué decepción al abrirla: ¡la expectativa era enorme, pero dentro no hay nada!

¿Por qué se enfría el amor? El papa sugiere algunas pistas para responder. Deberíamos detenernos y preguntarnos si observamos en nosotros este drama, el drama del amor frío, que ya no es amor. Posiblemente se haya enfriado la caridad, y ni nos damos cuenta. De hecho es muy difícil que el amor, la caridad, se mantengan vivos si no hay un trabajo continuo. El amor es el corazón de la vida: «si entendiera todos los misterios y tuviera un conocimiento perfecto de toda la realidad, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo el amor, no soy nada. Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado – es decir, si tuviera un desprendimiento perfecto de todo lo mío – pero no tengo amor, de nada me aprovecha» (1 Cor 13,2ss).

Si reflexiono con atención sobre mi experiencia, veo que en mí el amor se enfría cuando pierde de vista su objeto. Cuando busco otra cosa, desviándome del centro. El papa pone como ejemplo y primera causa la avidez, la codicia. Siguiendo lo que la Iglesia siempre ha enseñado, no deberíamos referirnos sólo a la codicia que se expresa hacia el dinero o el poder. Esta avidez que sería el origen del enfriamiento del amor – san Pablo dice: avaritia malorum radix ómnium [la avidez, que es la raíz de todos los demás males] (1Tim 6,10) se expresa como búsqueda de otra cosa, que no es el objeto de la caridad, del amor. Podemos codiciar el afecto de los demás, el reconocimiento del mundo, la comida, hasta la forma con la que Dios debería querernos – siempre según nuestra opinión, está claro.

Pero el objeto del amor, del deseo de nuestro corazón, debería ser sola y exclusivamente Dios. No podéis servir a dos amos… a Dios y a otra cosa (Lc 16,13). Dios es un Dios celoso (por ejemplo Ex 20,4), como recuerda al pueblo de Israel infinitas veces. No soporta ser sustituido por otras cosas. Si busco a Dios, si Dios es el objeto de mi deseo, todo lo demás, todo lo que haga florecerá a partir de esa raíz. En cambio, si busco otra cosa, si tengo otro fin, mi caridad será vacía, un espejismo: seré como un metal que resuena, un címbalo que retiñe (1Cor 13,1). La raíz se corta y, gradualmente, la savia deja de correr.

 

Lo que más debería ponernos alerta, hacernos vigilantes, es que este deslice podría darse de forma casi imperceptible, empezando de forma sutil o inconsciente. Seguimos haciendo lo mismo de antes, e incluso más; podríamos llenarnos la boca de la palabra amor o de la palabra caridad (que viene del griego karis, Gracia de Dios), pero sin vivirla de verdad. Esto pasa cuando dejamos de pensar en la realidad como un don que hay que acoger y la convertimos en la realización de un proyecto decidido por nosotros. Las consecuencias son inmediatas, porque nos escondemos detrás de muchas cosas: la opinión que los demás tienen de mí y de lo que hago, el reconocimiento mundano. Nos sumergimos en la autocomplacencia. Y luego todas las secuelas que el Papa en su mensaje describe de forma despiadada como síntomas que a menudo se dan en la comunidad: egoísmo, pesimismo estéril, tentación de aislarse, chismorreos, rechazo a las decisiones de los pastores que tienen la grave responsabilidad ante Dios de corregir, la mentalidad mundana que busca lo aparente, la falta de entusiasmo misionero, de apertura al otro que ya no es don sino instrumento para llevar a cabo un proyecto mío. Yo añado otra consideración: cuando esto se da, se empieza a utilizar la historia no para hacer memoria y aprender de la frescura del origen, sino fosilizándola, utilizándola como arma para negar la evolución orgánica de la comunidad cristiana. Cuántas veces el papa dice que nuestro peor enemigo es la frase “siempre se ha hecho así”, o la obstinación en relatar siempre cómo fue al comienzo pero quedándose en la forma y no en el contenido de la experiencia, sin darse cuenta de que las circunstancias podrían haber cambiado, o culpando a los demás “porque no entienden”, “no están bien informados”, “se dejan condicionar por otros factores”. Anclarse al pasado, o echar la culpa a los demás, nos quita la verdadera humildad, sin la cual es imposible caminar. El orgullo se apodera del hombre, y lo peor es que a menudo está mezclado con algún problema afectivo, psicológico o espiritual y discernir se hace muy difícil.

Por eso, cuando no tiene más remedio, Dios hace como todo jardinero: poda. Nos quita cosas, relaciones, logros que pensábamos haber merecido, nos desarma. Éste es su método, este es el método de todo buen padre de familia y lo vemos reflejado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Este es un paso casi necesario – lo encontramos en las biografías de los santos o en la historia de muchas organizaciones religiosas. Para educar, Dios pone al descubierto una fe inmadura, demasiado vinculada a su expresión exterior, posesiva. De hecho, hay una parábola de Jesús, la de los viñadores homicidas (Mc 12,1-11; Mt 21, 33-46; Lc 20,9-18), que describe perfectamente la acción correctiva de Dios para con el hombre. Dios planta una viña y la encomienda a unos labradores, para que le entreguen al dueño los frutos cuando sea el momento. Pero ¿qué hacen los viñadores? El éxito ofusca su corazón y se rebelan, de forma gradual, a que el Señor siga siendo el autor de los frutos. Maltratan a los enviados del dueño, luego los apedrean. Dios, compadecido, piensa: “enviaré a mi hijo, a él le escucharán”. Pero ellos urden un complot que nos parece exagerado, pero es realmente lo que también nosotros llevamos a cabo cada día cuando deformamos la relación con Dios, cuando nos deslizamos hacia el pecado: “éste es el heredero; venid, lo matamos y finalmente la viña será nuestra”. ¿Cómo termina la parábola? Dios monta en cólera y da una muerte miserable a los que querían adueñarse de los frutos. Lo mismo vemos en otras parábolas, cuando por ejemplo el Rey (símbolo de la paternidad de Dios) arrasa la ciudad de los rebeldes o envía a la mazmorra sin piedad al que no reconoce el señorío de Dios.

Este lenguaje de Jesús, esta dureza nos desconcierta. Quizá porque, siguiendo edulcoradas interpretaciones de la fe, pensamos en un Dios-misericordia sin entender el valor de la misericordia misma, que es juicio contra lo que no está bien. Dios es Padre, no madraza. Dios no puede hacerse cómplice del mal, sólo la verdad hace libres. Para Dios, la vida del hombre vale la suya, y de hecho envía Jesucristo, su Hijo, para que dé la vida. Pero no nos olvidemos de que todo esto implica una enorme responsabilidad. Y nada peor que vivir mal la responsabilidad en el campo de la caridad, que es lo más sagrado a los ojos de Dios, porque representa casi sacramentalmente la entrega del Hijo. Lo que hacemos nos puede llegar a chantajear, dejándonos en jaque, en un torbellino en el que ni nos damos cuenta de que Dios nos está sugiriendo alguna corrección. Por eso Jesús siempre dice – y su voz resuena hoy – “quien quiera oír, que oiga; quien pueda entender, que entienda”.

 



San Juan de la Cruz escribió una frase importante, a menudo citada: «en el atardecer de la vida seremos juzgados por el amor». ¿Qué amor? El amor a Cristo. Un amor que tiene que expresarse en caridad activa, pero que no puede ser sustituido por ella. No el voluntarismo, sino la caridad hacia los demás, que no puede ser sino expresión de un amor más grande, el amor de Cristo que da la vida por sus amigos (Jn 15,3). Un amor que es donación, entrega sin límites, sin cálculos, sin necesidad de presumir su medida. El único y verdadero amor, que posibilita la caridad mutua. Cristo es el origen y el motor de la caridad.

También Jesús, en su famoso discurso del capítulo 25 de san Mateo («tuve hambre y mi disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…») hace referencia a auténtica caridad, es decir, a la caridad que tiene su origen no en el darse sin criterio, sino en la perfecta correspondencia entre el prójimo y él, Cristo mismo. De no ser así, la caridad se vacía, se enfría. Sin Cristo la caridad no es interesante. Parece interesante y llamativa, pero es un trágico engaño: sólo engancha en cuanto expresión de un voluntarismo ciego. Cuando esto pasa, las cosas van adelante, pero interiormente se apaga la alegría, las dificultades apremian, y se depende de otros criterios, de imágenes de éxito mundano, de ambiciones e imágenes que nos hacen pensar que somos los mejores, los únicos que saben cómo va la vida.

En cada instante de la vida es necesario volver a calentar el amor que constantemente se enfría por nuestra debilidad humana. Es necesario volver a calentarlo una y otra vez, para evitar que Dios disponga remedios más drásticos, como en los ejemplos de las parábolas que hemos escuchado. «Nos conviene vivir la verdadera caridad» (2Cor 8,10) dice san Pablo citado por el papa al terminar su mensaje; nos conviene vivir la auténtica caridad, la que mira al prójimo como don de Dios, como presencia, como correspondencia de Dios a mi vida. Los frutos son suyos, no míos. En este sentido quiero citar un trozo de una meditación del Padre Lépori, abad general de la orden del Císter, que ha acompañado mis reflexiones en estos meses. «San Benito nos guía a vivir todo esto en un camino de pertenencia a la obra de Dios, la obra que hace Dios, una obra infinitamente más grande y preciosa que todo lo que podemos o no podemos hacer nosotros solos. En el Evangelio de Juan, Jesús, a quien le pregunta: “¿Qué hemos de hacer para que hagamos las obras de Dios?”, responde: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6,28-29). A menudo, pensamos que la obra de Dios debe coincidir con las obras que hacemos nosotros, o que deberían hacer los demás. Jesús nos indica que la verdadera obra de Dios, la única obra de Dios, es nuestra fe en Él como enviado del Padre … Cuando el Papa nos recuerda que san Benito enseña un camino en el que la vida pertenece totalmente a la obra de Dios, nos ayuda a entender que nuestra vocación, como la de todo cristiano, es esencialmente vivir con fe total, de modo que nuestra vida pueda abrirse completamente a la venida de Cristo».

Aquí no cuenta la actividad o la pasividad: lo único que importa es un corazón enamorado, que busca el calor de Dios, que anhela caminar con él hacia la plenitud de su vida. Todo esto es imposible medirlo: de hecho podría vivir más la caridad un enfermo que, inmovilizado en su cama, ofrece sus sufrimientos y su entera vida por la conversión de su corazón que una persona generosa que se pasa diez horas al día en un comedor sin desear enamorar su corazón, calentar el corazón, sin buscar la razón de lo que le mueve a darse. Sería un darse vacío, realmente inútil, un engaño. Cada uno de nosotros, envuelto en un tejido de relaciones que se llama Iglesia, comunidad, está ante esta decisión: si seguir a Cristo o no, para descubrir que hay un Padre bueno que nos corrige y nos ama.

El papa nos repite en continuación que la piedra de toque es la alegría, interior y exterior. La verdadera paz nace de la certeza de que Dios está presente, de que lo que hago tiene sentido sólo si es reflejo de la caridad de Dios hacia mí. Así nace la alegría que nadie y nada podrá arrancarnos: «aunque en muchos corazones la caridad se ha apagado – termina el Papa su mensaje – en el corazón de Dios la caridad no se apaga nunca». Esta es nuestra esperanza, y nosotros, como hijos, queremos aprender de este Padre bueno que siempre nos espera. Ésta es la verdadera pobreza, la que calienta la caridad que se ha enfriado, la que nos hace ricos de lo único que hace falta para vivir.