Nacemos para no morir nunca

Testimonio sobre la vida de la Sierva de Dios, Chiara Corbella, con Enrico Petrillo y Padre Vito D’Amato OFM

Fuenlabrada (Madrid), 16 de noviembre de 2019

La conversación empieza escuchando la canción Padre (de Claudio Chieffo)
La conversación empieza escuchando la canción Padre (de Claudio Chieffo)

Rafael Gerez: Buenas tardes y bienvenidos a todos.
La historia de Enrico y de Chiara nos pone delante la evidencia de que el Señor forma parte de la vida cotidiana y nos invita a ensimismarnos con aquellos que viven del Señor. Os invito a entrar en este recorrido de santidad, que significa vivir la normalidad y la cotidianidad traspasados por la presencia del Señor. El encuentro con estos dos amigos que nos acompañan continuará con la celebración de la Eucaristía. Tiene la palabra en primer lugar el padre Vito, franciscano que acompañó a este matrimonio a lo largo de su vida en las alegrías y las tristezas y quien nos presentará el vídeo que luego veremos.

«Entonces, ¿qué más podemos añadir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva? ¿Quién será el que condene? Si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Ya lo dice las escrituras, por tu causa estamos expuestos a la muerte cada día, vamos como ovejas directas al matadero, pero Dios que nos ama hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas. Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni los poderes de cualquier clase, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro»

Carta de san Pablo a los Romanos 8, 35-39

Padre Vito D’Amato. Buenas tardes a todos, estamos muy contentos de que estéis aquí para conocernos. Pero me pregunto si tengo delante a enfermos mentales, porque ¿cuántos conocéis la historia de Chiara? La historia de Chiara es la de una mujer que murió con 28 años y que se casó con 24. Su matrimonio duró 3 años y medio, tuvo tres hijos, la primera murió después de media hora, el segundo también murió después de media hora, y el tercero no, pero ella falleció un año después de dar a luz. En esto parece que no haya nada admirable o envidiable y sin embargo estáis todos aquí, porque de alguna forma habéis envidiado este modo de vivir y de morir. Es algo impresionante, muy bello. Esta tarde vamos a tratar de intuir cómo se puede morir así, cómo se puede vivir así. Porque Chiara murió feliz. Ella no murió resignada, no murió serena, Chiara murió feliz. Para morir resignados no hace falta gran cosa, porque no tenemos más remedio que resignarnos, la muerte es algo seguro con una fecha y un tiempo, y por tanto nos toca resignarnos. Para morir serenos es suficiente llegar medio inconscientes, basta un poco de morfina y se muere serenos, pero para morir felices hace falta mucho más.

Ahora os contaré brevemente algunas etapas de la vida de Chiara, algunas de la cuales ya os he ido contando un poco. Lo que queremos es mostraros a Chiara, y somos muy afortunados por estar en el siglo XXI, porque existe la tecnología, los ordenadores, los smartphones…son cosas que nos complican la vida, pero, a su vez, nos permiten ver cosas como este vídeo, en el que podremos ver a Chiara dos meses antes de morir.

Durante el testimonio

Yo conocí a Chiara y Enrico cuando llevaban cuatro años de novios y estaban en plena crisis. Esta crisis fue un momento fundamental de la vida de Chiara y Enrico, fue el momento en el que cambiaron completamente su relación con el Señor, y creo que fue el momento que les permitió vivir todo lo que tuvieron que vivir después de la manera en la que lo vivieron. Chiara vivió así su noviazgo y finalmente se casaron. Enseguida Chiara se quedó embarazada, y en principio todo parecía ir bien. En cambio, en un control que le hicieron a los cuatro meses descubrieron que la niña tenía una malformación, anencefalia, y por tanto que no llegaría al final del embarazo y que en todo caso cuando naciese moriría. Y así fue, Chiara y Enrico llevaron adelante el embarazo hasta el momento del parto. Nosotros que esperábamos ese momento, pensábamos que sería un momento dramático. Yo estaba con ellos porque Chiara y Enrico habían pedido al Señor como gracia que pudieran tener un parto natural y poderla bautizar, y gracias a Dios así sucedió. El momento del nacimiento de María Grazia Letizia fue un momento maravilloso, de una alegría y belleza como ninguno de nosotros podría imaginarse o haberse esperado. Por este motivo se llama así, María Grazia Leticia, porque allí empezamos a intuir y a vivir la vida eterna. Dos días después de su muerte tuvo lugar un funeral precioso donde Chiara y Enrico tocaron y cantaron. El mismo día del funeral Enrico le dijo a Chiara: «Yo lo volvería a vivir todo de nuevo», y Chiara le dijo: «Yo también». Esto se volvió una oración, porque después de tres meses Enrico y Chiara estaban esperando otra vez un bebé y una vez más un niño especial, al que llamaron Davide Giovanni. Nació un año después que su hermana y él también nació, fue bautizado, murió y nació al cielo el mismo día. También él nos hizo ver más en profundidad la vida eterna.

Enrico y Chiara no buscaban el consuelo en otro hijo, sino que sencillamente estaban abiertos a acoger los hijos que Dios quisiera darles. Y se volvió a quedar embarazada por tercera vez. En el quinto mes de embarazo, Chiara descubrió que lo que ella pensaba que era un bulto en la lengua era un cáncer. Durante el embarazo ella se hizo todas las curas que pudo que no pusieran en peligro la vida de su hijo. Dio a luz el 30 de mayo a Francesco, un niño sanísimo, y nada más dar a luz empezó todos los tratamientos que la medicina conocía que podría aplicarle contra este cáncer, suponiendo un gran sufrimiento para Chiara. Parecía sobre todo al principio que estas medicinas estaban teniendo éxito. Después de 6 meses del nacimiento de Francesco, los síntomas del tumor volvieron a aparecer y Chiara volvió a los tratamientos y descubrieron que tenía varias metástasis por todo el cuerpo y que la medicina no podía hacer nada, revelando que era una enferma terminal.

Ahora veremos a Chiara en este momento histórico de su vida. Ella dio esta noticia a todos los familiares y amigos. Obviamente, todos estaban bastante tristes, y entonces ella hizo esta oración: «Señor, pídeme todo lo que tú quieras pero no con estas caras a mi alrededor». Rezó y pensó con el Señor, y nos quiso llevar a todos nosotros a Medjugorie, el lugar donde el Señor le había tocado otras veces para que pudiera tocarnos y hablarnos también a nosotros y convencernos de que ese era el camino mejor para todos. Y parece que así fue. Ahora veremos este testimonio de Chiara y Enrico en Medjugorie, el último testimonio de Chiara y algunas partes de su matrimonio. Chiara murió feliz porque había visto cumplirse todas las promesas que Dios le había hecho, las promesas hechas en su matrimonio, para el cual ella había estado preparada para siempre, pensada para siempre. A través de ese matrimonio Dios ha cumplido todas sus promesas.

(Proyección del vídeo)

Enrico Petrillo: Buenas tardes a todos. Gracias por estar aquí, sois para mí un gran consuelo. En el funeral de Chiara había mucha gente que yo no llamé, como tampoco ahora os he llamado a vosotros, pero creo que el Señor pensó en vosotros igual que en ellos. Os aseguro que a mí también me duele verlo porque es el matrimonio y funeral de mi mujer. Pero es también muy bonito ver y recordar cuánto hemos sido amado por Dios. El Señor ha cumplido sus promesas no solo para Chiara, también para mí, y seguramente estoy aquí para deciros que Dios es un Dios fiel. Durante el noviazgo hemos acogido la vida que Dios nos daba, acogimos al otro como un don, y por eso cuando el Señor volvió a recuperar ese regalo yo no lo viví como una traición suya. Esto lo aprendimos en el noviazgo. Se aprende a estar dispuestos a renunciar al otro, para acogerlo de nuevo como un regalo que viene de Dios. De este modo, todo lo que sucederá en la vida tendrá el sabor de un regalo de Dios. Así, la muerte de mis hijos y la muerte de mi mujer son un don, un don que duele, ciertamente –he llorado todas las lágrimas que tenía–, pero es un don que se va desvelando poco a poco. Ya han pasado 7 años desde que Chiara se fue al cielo, me sigue doliendo todavía, pero también me ha hecho mucho bien. Yo soy un hombre feliz porque Dios mantiene sus promesas.

Habéis visto en este vídeo a Chiara cuando estaba muy enferma, ella murió un mes después de estas imágenes. En torno a nosotros, todos pedían la curación física, y es verdad que Dios podría haberla curado, pero tenía un proyecto más grande para todos nosotros. Una curación física, incluso si se hubiera dado, habría sido simplemente retrasar el problema. Pero la meta de nuestra vida es el cielo, no os estoy desvelando nada nuevo. Cuando estábamos en Medjugorie a la madre de Chiara le estaba costando muchísimo aceptar la muerte de su hija, y pedía la curación de todas las maneras. Organizamos un encuentro con Jacopo, uno de los videntes de Medjugorie, que es el encargado de pedir por los enfermos. Fue un encuentro muy deseado –duró 30 segundos–, y Chiara sabía que la Virgen había llevado a Jacopo a ver el paraíso, el purgatorio y el infierno. El encuentro fue así: Chiara le dijo: «Jacopo, si tú supieras que vas a morir hoy, y tuvieras la certeza de ir al paraíso, ¿querrías irte hoy?», y él le dijo: «sí». Y ella le dijo: «bien, adiós». Mientras, la madre de Chiara estaba desesperada, diciendo: «Ya se acabó, ya no hay nada». Esto os lo cuento para que entendamos que nuestra vida tiene sentido si sabemos hacia donde vamos, esta muerte que tanto nos asusta da sabor a nuestra vida.

En el vídeo había un crucifijo que tenía un cartel con una frase: «colocación provisional». Tiene que ver con una historia muy bonita de un obispo italiano, Mons. Tonino Bello, que probablemente sea santo. Él estaba reestructurando su iglesia, y una mañana uno de los trabajadores quitó el crucifijo del altar, apoyándolo sobre un muro y escribió debajo: «colocación provisional». A petición de Don Tonino mantuvieron este crucifijo con el cartel. La explicación de este hecho es que cuando sufres, cuando estás en la cruz –y Chiara lo sabía muy bien–, por mucho que sufras, siempre será una colocación provisional. La cruz en nuestra vida va de mediodía hasta las tres, todo el resto es alegría. La alegría es lo contrario de la muerte. Nosotros podemos vivir ya en esta vida como si estuviéramos muertos. Si la vivimos con el miedo a morir, somos esclavos de la muerte, si la vives como hijo de Dios, vives ya la eternidad ahora. Cuando vi morir a Chiara comprendí que ella de verdad había vivido como hija de Dios. Pero esto es un camino, uno no se convierte en santo, ni muere así de feliz sin un camino.

Testimonio Chiara Corbella

También Chiara vivió sus momentos de resistencia, de lamento. El momento más difícil fue cuando le hicieron la operación de la lengua estando embarazada de Francesco. Después de esta operación la ginecóloga preguntó a los médicos si podían darle analgésicos, pero cuando nuestra amiga se fue, los médicos no se los dieron, así que ella vivió todos los dolores de la intervención sin analgésicos. Cuando te operan de la lengua, se hincha, no puedes hablar ni tragar, es horrible. Ella contaba que pasó la noche más difícil de su vida. Presa del dolor, decía: «No es posible que tu existas, Señor. Si tú existes no puedes permitir que yo sufra de esta manera». Yo no sabía nada de como había pasado esta noche, pero a la mañana siguiente fui a verla y empecé a leerle la «Perfecta alegría» de San Francisco. Habíamos comprado hace poco el libro de los franciscanos, porque por nuestra historia nos sentíamos viviendo la misma historia que vivió San Francisco, con una alegría presente cuando parece que no hay ningún motivo aparente para que exista esa alegría y sin embargo, por lo que nos había pasado en la vida, era innegable en nuestros rostros ver su Presencia. Así que mientras ella estaba durmiendo yo empecé a leer la «Perfecta alegría». Ella se despertó, se puso a llorar y me contó lo que le había pasado esa noche. Lo más bonito que me dijo fue: «Has sido tú el que me has vuelto a llevar a la fe». Esto es el matrimonio. Tú busca saber cuál es el camino para encontrar a Dios, pero Él ya está a tu lado, a través de tu mujer, de tu marido. Así, cuando Chiara se convirtió en una enferma terminal, le pregunté unos días antes de que muriese, de que se fuera al cielo, de que tenía miedo. Como marido estaba preocupado, y quería saber cómo se estaba preparando ella para ese encuentro. Le pregunté: «pero Chiara, ¿Tienes miedo de morir? ¿Cómo estás?». Ella me sonrió y me dijo: «No, no tengo miedo morir. Tengo miedo de tres cosas: del dolor –y yo lo entendía porque como os contaba antes el dolor la había llevado a renegar de Dios, tenía miedo de que si ese dolor volvía a atacarla ella volviese a renegar de Dios–,de vomitar –porque si vomitaba mucho era peligroso–, y de ir al purgatorio». Yo le decía: «bueno ya se verá», como quitándole peso a esto último, pero Chiara era muy consciente de sus pecados y por eso tenía mucho miedo de ir al purgatorio. Hay una frase que dice «Donde esta tu tesoro ahí esta tu corazón»; ella ya tenía dos tesoros en el cielo, y para ella era importante saber que todo su sufrimiento y su cruz terminaría aquí, quería irse enseguida al paraíso. Yo creo que el Señor la escuchó.

Ante su preparación para este encuentro con Jesús pedimos ayuda a la Iglesia, que para nosotros se había manifestado en el rostro del padre Vito –las gracias siempre deben pedirse, el padre Vito es un padre franciscano y pidió permiso a sus hermanos para venirse a vivir con nosotros–. Esto lo habíamos pedido a Dios como un regalo, que nos permitiera vivir estos últimos momentos acompañados por un sacerdote. Y el padre Vito se vino a vivir con nosotros a la casa de campo de nuestros suegros que es muy grande. Vivimos juntos durante un mes y medio aproximadamente. Nos quisimos preparar así, con la misa diaria, y con el tabernáculo, el sagrario dentro de casa. Podíamos ir a adorar al Señor siempre que quisiésemos, fue un tiempo lleno de gracia. Chiara claramente, empeoraba y su cuerpo iba perdiendo energía, se iba apagando. Y justo cuando Chiara estaba empeorando, nuestro amigo tuvo que volver a su convento. Se prometieron mutuamente que se esperarían. Eran los días en los que Chiara no era ya capaz de comer y recuerdo el día, el 12 de junio, en el que Chiara no dijo una sola palabra porque estaba reservando todas sus fuerzas. Esa mañana llamé a Vito y le dije que tenía que darse mucha prisa en volver. No sabíamos cuánto le quedaba exactamente, pero ella intuía que le quedaba poco. Así, el padre Vito volvió con nosotros al campo y pudimos celebrar la última misa con Chiara. Era la medianoche del 12 de junio, toda la liturgia parecía pensada para nosotros. El evangelio decía: «Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra», que hoy parece una profecía. Y yo veía a Chiara, tan guapa, tan luminosa, porque su candelabro era la cruz en la que ella estaba. Ella lo sabía, y se leía la felicidad en su rostro, porque sabía a donde estaba yendo y sabía que el dolor no tenía la última palabra. Nadie puede separarnos del amor de Dios, ni la muerte, ni el dolor, ni el pecado. Solo tú, si quieres, te puedes separar de Dios, solo tú, si quieres, te puedes separar. Con Dios podemos tener una relación, pero muchas veces queremos tener una relación paritaria, de iguales, pero esto no es posible, con Dios te puedes relacionar como hijo. Solo si te haces hijo puedes entender de verdad como habla a tu corazón. Chiara fue siempre hija, excepto aquella noche, donde dijo que experimentó una oscuridad y soledad que no había sentido nunca. Esa noche, en esa última misa, se despidió de cada uno de nosotros y nos dijo cuanto nos quería. Nos contó que le había pedido al Señor: «O me curas o date prisa». Y creo que Él escuchó lo último que le había pedido. Esa noche pidió que viniera su hermana Elisa y yo me quedé con Francesco. Estaba muy cansada y estaba consciente. Así me la encontré, rezando delante del sagrario, en su silla de ruedas, tenía en el corazón esa frase del Evangelio que dice: «Mi yugo es ligero y mi carga llevadera». En aquel momento yo no era capaz de ver su dulzura y, entonces, se lo pregunté a ella: «Chiara, ¿pero es verdaderamente dulce su cruz, la cruz del Señor?». Y ella me sonrió y me dijo: «Sí Enrico, es muy dulce». El problema entonces es por qué mi cruz no es así de dulce, hay muchas cruces que nos las damos nosotros, que no nos las da Dios, porque estamos en la cruz y no queremos hablar con el Señor. Cuando estás en la cruz tienes un privilegio, el de poder hablar con Cristo. Esto es lo que sucedió con los ladrones que estaban a ambos lados de la cruz de Cristo, solo ellos hablaron con Dios, ningún otro. Chiara tuvo el privilegio de ser consolada por Dios. He entendido que la gracia llega cuando sirve, en el momento justo. Chiara recibió la gracia de morir feliz, en ese momento, no un mes antes; no era yo el que estaba muriendo, y no era justo que yo experimentase esa dulzura de la cruz, pero Dios es fiel y Chiara lo estaba viviendo. Así será también para mí y para ti, cuando llegue el momento Dios nos enviará su gracia. Por eso es muy importante aprender a acoger los dones que el Señor nos da en la vida, es un arte que se aprende como hijos, y que se puede aprender ahora, no mañana, sino ahora. Y así Chiara murió feliz el 13 de junio a mediodía.

Después han sucedido muchísimas cosas que no me esperaba. Yo intuía que Chiara era santa, pero no creía que pudiera ser conocida por todo el mundo. Custodiaba en el corazón lo que yo pensaba, sin embargo, el Señor tenía otros planes. Y así, nos asombra ver que estáis aquí todos, para escucharnos, porque entiendo que os sentís amados por Chiara, por el Señor a través de Chiara. Chiara no ha hecho nada de especial, sino lo único importante: permanecer hija. Tú eres hijo, aunque no lo sepas todavía. Pero vivir la vida sabiendo que eres hijo de Dios, que tu padre no es aquel que te ha dado la carne, sino el que te ha deseado desde siempre, vivir sabiendo que no eres una casualidad, que eres querido, eres deseado, esta es la vida de un cristiano, de un hijo, y es la que deseo que viváis también vosotros. Chiara me enseña a vivir como hijo de Dios. Buen camino.

Rafa Gerez: Padre Vito, ¿qué ha supuesto para ti acompañar –porque las cosas más bellas que se veían en el testimonio, que no eran solo de Chiara, eran de los dos, ese estar acompañados permanentemente–, que ha supuesto para ti, para tu vocación personal, acompañar a Enrico y Chiara en su matrimonio y después en las cosas que pasaron? ¿Qué significa acompañar en el sufrimiento cuando parece que las palabras no bastan, son insuficientes, que parece que no hay consuelo al drama que ellos han vivido?

Durante el encuentro con Enrico

Padre Vito: Lo que ha significado para mi vida es algo sencillo: he pasado de ser un sacerdote pagano a ser un sacerdote cristiano. Los sacerdotes paganos esperan llegar a Dios con la práctica de diferentes cosas, conciben el reino de Dios como algo abstracto, y los sacerdotes paganos que gastan mucho esfuerzo en esto. En cambio, los sacerdotes cristianos viven de otra manera: los sacerdotes cristianos han descubierto que el reino de Dios ha venido a nosotros, ha venido aquí, y que Él nos ha alcanzado a nosotros, que el reino de Dios está aquí y ahora. Y cuando estás lleno del Espírito de Santo ves el reino de Dios en todas las cosas. Por tanto, ¿qué se le puede decir a una pareja que vive este sufrimiento? Yo no lo sé, yo he hecho un acto de fe junto a ellos, yo he creído con ellos que Dios nos ama, que ellos tenían todo lo necesario para ser felices. Y, por eso, he descubierto que no tenía que rezar para que se les evitaran ciertos sufrimientos, sino descubrir junto con ellos cómo ser felices en la situación que estaban viviendo, como dice San Pablo en la lectura que hemos leído antes juntos. Hemos descubierto que en todas las cosas estaba este rostro, el rostro de Dios, del hijo de Dios, al ver cómo nos dona todas las cosas, cómo nos ama con ellas. Era bellísimo, cada vez más bonito, ver de qué forma este hijo de Dios nos ama. Se ha convertido en un juego ir descubriendo cómo nos amaba, decir como y junto con la Virgen María, que seguía y aceptaba los dones de Dios. Así sucedió con Davide Giovanni, con María Gracia y con la enfermedad. Una de las cosas más bonitas que le escuché decir a Enrico en aquellos dos meses que compartí con ellos fue: «¿Por qué debo estar triste si se está yendo con quien la ama más que yo?». Y esto me ha hecho ver el sentido del matrimonio y de toda la vida. Aquellos 38 kg de carne que era Chiara al final, aquella venda sobre su ojo, eran el instrumento para ver el reino de Dios. Es precioso, en esa mujer consumida yo aprendí a ver el amor de Dios por ella, y el amor de Dios por mí. Que más pretendes darle a un hombre. Esto es lo que he vivido como sacerdote, y pienso que es un modo bellísimo de vivir para cada uno de nosotros. Es preciosísimo. Los hechos de nuestra vida son bellísimos siempre y solo si se convierten en el medio, el camino, para entrar en este amor, sea lo que sea lo que nos suceda. Y es todavía más bello cuando los hechos contradicen nuestro modo de entender la felicidad, porque justo ahí es el espacio, es donde podemos percibir otro aspecto del rostro de Dios. Y la muerte se vuelve también un hecho para entrar más profundamente en el conocimiento y conciencia del amor que nos hace vivir; así no mueres jamás. La muerte no te quita la felicidad.

No sé cuáles serán los síes que tendremos que decir en nuestra vida, pero tendremos que resistirnos a decir cosas como: «si no hubiera sucedido todo esto sería una mujer feliz», «si no me hubiera pasado tal cosa, si no me hubiera sucedido lo otro», «si mi padre hubiera sido diferente», «si mi familia hubiera sido diferente», «si mi cuerpo fuese diferente», «si hubiera podido hacer los estudios que habría querido»… Pero, en cambio, decir: «sí, digamos sí, veamos cómo puedo ser feliz con este padre, con esta familia, con estas circunstancias», este es el camino para conocer este amor, y veremos lo que sucede.

Rafael Gerez: Enrico, tu recorrido nace en esta dificultad durante el noviazgo que todos hemos podido experimentar en ciertos momentos, y que se aclara en vuestro matrimonio, en el recorrido dentro del sacramento. ¿Cómo se construye la relación con el Señor durante el noviazgo y luego en el matrimonio? ¿Cómo se hace este camino dentro la dificultad evidente que vosotros describíais en la relación? Ahora, en esta ausencia de Chiara, ¿cómo vives esa alegría, esa leticia?

Enrico Petrillo: La relación con el Señor es personal; eres tú el hijo. Yo he descubierto ser hijo de Jesús no gracias Chiara, lo sabía antes. Mi camino empezó y ahora continúa. Es un camino de descubrimiento hacia el Padre, no es casualidad que las dos primeras palabras que decimos sean: «Padre nuestro». El sentido de nuestra vida es saber que Él es Padre y nosotros hijos. En el noviazgo hemos continuado este camino personal cada uno, que ya habíamos empezado antes de conocernos. Después tuvimos el regalo del uno del otro y fue maravilloso descubrir como uno llevaba a Dios al otro. Chiara ha sido durante 10 años mi camino preferencial hacia Dios. Esto se construye rezando. Cuando vi a Chiara por primera vez me enamoré enseguida de ella y en cuanto tuve la ocasión le pedí salir, quería conocerla. Es muy sencillo: si tú quieres conocer al Señor, le pides salir contigo, tienes que hablar con Él; si no quieres tener una relación con Él, es tu problema. Nadie te puede regalar una relación de hijo si tú la rechazas. Hoy tienes una posibilidad, que es la de decir . A veces puede parecer difícil, muy duro decir , porque dices que sí sin ver más allá y, en el fondo, tienes miedo de que Dios te esté fastidiando o de que sea un mentiroso, pero no lo sabrás nunca hasta que no lo pruebes. Yo lo probé, lo experimenté antes y también Chiara. De modo que cuando murió, mi alegría no desapareció. Mi relación con Dios permanece. Chiara ha sido un don, la relación que tengo con Dios también lo es. Hoy mi relación con Chiara permanece, porque ella me habla en la relación con Dios. Obviamente soy viudo y mi matrimonio ha cambiado. Chiara no está aquí, no está aquí con su cuerpo, pero obviamente está viva, y mi relación con ella es espiritual, como mi relación con Dios, al que nunca le he visto; como vosotros que, aunque no la habéis conocido nunca, la habéis visto. Aunque ella esté allí, lejos, para mí está unida. Cuando nos volvamos a ver nos reconoceremos.

Rafael Gerez: Gracias Padre Vito, gracias Enrico. Este es un recorrido de vida personal al que todos estamos invitados, que todos podemos recorrer. Este es el que hemos querido decir invitándolos y es el que queremos decir en nuestra vida cotidiana. Termino dando las gracias a estos dos amigos, a Clara, por su traducción, a Icapital por los gastos de la proyección, a la parroquia de San Juan Bautista y a los amigos de la Fraternidad de la San Carlos Borromeo.

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