Notas sobre el canto y la liturgia

Algunas notas sobre la relación entre canto y liturgia

Apuntes para una charla con el coro parroquial.
P. Tommaso Pedroli. 6 de octubre de 2018.

 

La verdadera formación litúrgica no puede consistir en el aprendizaje y ensayo de las actividades exteriores, sino en el acercamiento a la acción esencial que constituye la liturgia: el acercamiento al poder transformador de Dios que, a través del acontecimiento litúrgico, quiere transformarnos a nosotros mismos y al mundo. Claro que, en este sentido, la formación litúrgica actual de los sacerdotes y de los laicos tiene un déficit que causa tristeza. Queda mucho por hacer.
Joseph Ratzinger

El canto

En la vida de la Iglesia hay una estrecha unión entre canto y liturgia. Cantar no significa añadir algo al gesto litúrgico, sino entrar en una dimensión integral, fundamental y por tanto imprescindible de la celebración.

La percepción del canto como algo accesorio u opcional, como si dependiera de la sensibilidad de algunos privilegiados, o achacable a los gustos de cada uno, tiene su raíz en una vida de silencio y oración demasiado inmadura. El canto, en cambio, es una “cuestión” que atañe a todos, justo por ser expresión del diálogo que cada persona vive con Dios y con los demás.

El canto tiene su origen en el silencio. Cantar significa orar, estar ante Dios y participar, mediante el compromiso de la voz, en la liturgia celeste. No es casualidad que, en una ceremonia bien cuidada o después de un rato de silencio delante del sagrario, el canto de la asamblea mejore. Esto se debe a que ha crecido la conciencia del Misterio de Dios.

Desde esta perspectiva, el trabajo del coro o de los que guían los cantos de la asamblea (el compromiso y la necesidad del ensayo, la paciencia a la hora de retomar conceptos básicos con el pueblo – como el no gritar, el escucharse, el seguir al director – o finalmente el trabajo de no improvisar y elegir un canto más o menos adecuado…) tiene un enorme valor educativo y eclesial.

Por eso dice san Agustín: In eo quod amatur non laboratur. [«En lo que se ama no hay fatiga»] (de bono viduitatis, 21,26).

Tiene una enorme importancia el papel de la persona que conduce el canto, que dirige. La calidad principal de esa persona es que tiene que estar ante Dios en la oración y con su conciencia, tiene que estar disponible a dejarse herir por la belleza que manifiesta la Gloria de Dios aquí en la tierra, manifestada en la sensibilidad del canto.

Otro aspecto importante de nuestra forma de ver el canto es la atención a la unidad: percibirse como parte de un único pueblo, como una sola voz; aprender a escuchar al que está a mi lado, acostumbrarme a su presencia. Esto en un coro polifónico tiene un valor enorme de conversión. Este trabajo nace y se alimenta del silencio que uno vive ante Dios. Por eso es único e irrepetible, porque es diálogo con los demás y con Otro, no un mecanismo artificial.

 

 

El canto no es un elemento aislado. Es un acontecimiento relacionado con el gesto litúrgico y con toda la existencia. No hay liturgia sin canto ni canto sin vida. Por eso es importante variar la experiencia del canto, abarcando todos los aspectos de la expresión artística y de la historia de la Iglesia, hasta abrirnos a la sensibilidad contemporánea.

El criterio para elegir un canto está esencialmente en su capacidad de abrir el corazón y el intelecto a la relación con Dios, con la Iglesia como pueblo orante y en camino. Está claro que hay cantos que ayudan más que otros, adecuados en un contexto de espacio o tiempo y no adecuados en otro, que nos hablan de una forma especial en un determinado momento de la vida y luego ya no: todo depende de cómo cada uno está ante Dios.

Por eso queda patente el enorme papel educativo del canto, del coro, de los solistas y del director. Un papel que hay que retomar para que la rutina o el “ya sabido” no tomen el mando. «No hay servicio a la comunidad cristiana tan importante como el canto» (Luigi Giussani, El canto: la máxima expresión – pincha aquí para el texto completo).

Saco de ese texto de Don Giussani, que ya retomamos hace un año, otro aspecto importante: «Lo que es más útil desde el punto de vista de la expresión, lo que realmente hace crecer, es cantar para la comunidad. Y subrayo la palabra “para”. [No sólo “con”, sino “para”].  Por esto el canto es gratuito, el canto es caridad. Es caridad pura, el canto. No estéis demasiado preocupados por vuestra capacidad de expresaros. El contenido de la preocupación no puede ser la expresión de sí, sino el expresar la conciencia de este pueblo. Por esta razón, el coro, el canto es el servicio más útil y gratuito para la comunidad. Si una comunidad no tiene coro, significa que no hay pasión, que algo ya se ha deshecho».

 

La liturgia

La palabra liturgia (λειτουργία) significa: “acto del pueblo”. Y ¿qué es lo que identifica a un pueblo como tal? Un elemento común de pertenencia.

En el corazón del hombre se encuentra la apertura al sentido religioso, es decir, la pregunta sobre el significado de la vida y la relación con Algo o Alguien trascendente, que la experiencia humana llama Dios. Por eso liturgia desde la antigüedad (y ya antes del cristianismo) se relaciona con el culto, la relación con Dios y hoy liturgia es sinónimo de ceremonia religiosa. No hay nada que caracterice más a un pueblo que su relación con Dios. Pensemos en lo que dice don Giussani en el texto citado arriba, cuando dice que no hay canto sin pertenencia a un pueblo, a alguien, y pone el ejemplo del niño y de la madre.

Sin profundizar demasiado en este tema, que nos llevaría horas y horas, podemos destacar algunos aspectos:

 

  1. La liturgia involucra al hombre en su totalidad

Los cinco sentidos: oído, vista, olfato, gusto, tacto están involucrados. Todo es importante porque la liturgia se dirige al hombre en su totalidad. Es una experiencia completa.
Por ejemplo: cuidar la homilía y no el canto, o bien cuidar las homilías y no las vestiduras, pensar utilizar el incienso en la solemnidad sin tener en cuenta este dato a la hora de elegir un canto para el ofertorio… la liturgia es un gesto integral, que involucra al hombre en una experiencia de belleza. Las personas que vienen a nuestras celebraciones tienen que decir: ¡qué bien se está aquí! (Pensemos en los comentarios después de una ceremonia tan cuidada y preparada con esmero como puede ser la Vigilia Pascual). Por eso en la liturgia todo tiene significado. Por eso no da igual cantar o no.

 

  1. La liturgia es algo sobrio y equilibrado. No ostenta, más bien introduce en la quietud de la relación del hombre con Dios.

En este aspecto debemos al Concilio Vaticano II el desarrollo de la conciencia litúrgica que encuentra su ápice en autores como Ratzinger. Es una reflexión que tiene raíces en otros autores entre el siglo XIX y XX, pensemos en Odo Casel, Romano Guardini…

Por ejemplo: la importancia del equilibrio entre silencio, palabra y canto. O la importancia de la postura del cuerpo (sentado, de pie, de rodillas), por no hablar de la postura del sacerdote (manos abiertas, cerradas…). En la liturgia todo tiene un sentido, fruto de la tradición y de la reflexión. Aquí se podría profundizar el tema hablando de lo que significa reformar (de hecho, la liturgia se ha ido trans-formando a lo largo de los siglos y lo seguirá haciendo, como tiene que ser, para reflejar la experiencia religiosa del hombre ante Dios). La liturgia también tiene un punto de sobriedad, que no significa cutrez. No busca el lujo, pero sí introducir al hombre en una experiencia de belleza.

La implicación del cuerpo, de la que se trata en la liturgia de la palabra hecha carne, se expresa en la misma liturgia mediante esa cierta disciplina del cuerpo, en los gestos que han ido madurando precisamente con la exigencia interior de la liturgia y que, por así decirlo, hacen visible su esencia. Estos gestos, considerados en su singularidad, pueden variar según los distintos lugares y las distintas culturas, pero en su forma esencial forman parte de la cultura de la fe, que se ha configurado, precisamente, a partir del culto. Por consiguiente, en cuanto lenguaje expresivo común, superan los ámbitos culturales singulares.
Joseph Ratzinger

 

  1. En la liturgia la improvisación genera confusión y no hace avanzar en la relación con Dios

La poca importancia que damos a la preparación (en todos sus aspectos, y pongo ejemplos relacionados con el canto que es lo que ahora nos interesa: llegar antes, prepararse, pensar bien qué canto proponer estudiando la liturgia de las próximas semanas o fiestas en la agenda litúrgica, explicar qué canto vamos a cantar, preparar las hojas de los cantos, no repetir siempre los mismos)… la poca importancia que damos a  esto afloja nuestra conciencia de Dios. Tengamos en cuenta que a menudo la única ocasión de encuentro con Dios que tenemos en la semana, la única “formación” para el 99% de los cristianos es la liturgia del domingo. La homilía a menudo es la única oportunidad para dar contenidos. Pero si está desligada del canto, de las lecturas bien proclamadas… esto explica la poca capacidad de incidir los cristianos en el mundo de hoy: es una escasa conciencia de quién es Dios que lleva a una escasa conciencia de quién es el hombre.

 

  1. La liturgia que llevamos a cabo en la tierra es reflejo de la liturgia del cielo que los ángeles cantan antes Dios.

Pensemos en las palabras del Santo antes de la consagración: la liturgia es canto, no propone cantos. El canto expresa fiesta, relación, conciencia de sí (la sensibilidad el oriente cristiano no ha perdido esta conciencia, mientras que en occidente y por influjo de la sensibilidad “romana” la liturgia ha desarrollado otros aspectos). Aquí el discurso sería larguísimo (también sobre este punto Ratzinger tiene páginas muy interesantes). Sólo decir que en la liturgia lo humano se transfigura en lo divino y lo divino se hace humano. En este sentido, utilizando la palabra sacramento desde un punto de vista teológico, podríamos decir que el canto es sacramento porque nos pone directamente en contacto con Dios.

 

 

 

Para profundizar: En internet hay muchísimos materiales para profundizar estos temas. Hay que tener cuidado y seleccionar los adecuados.
Sugerencias:

En estas páginas encontraréis muchas reflexiones, documentos del Magisterio, etc..

 

 

Benedicto XVI, discurso al mundo de la cultura, París 12 de septiembre de 2008.

[texto completo: accede a la página web de la Santa Sede]

Extractos:

… Y aún hay que dar otro paso. La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él. Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino más alto.

En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam TibiDomine –delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (cf. 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las esferas. De ahí se puede entender la seriedad de una meditación de san Bernardo de Claraval, que usa un dicho de tradición platónica transmitido por Agustín para juzgar el canto feo de los monjes, que obviamente para él no era de hecho un pequeño matiz, sin importancia. Califica la confusión de un canto mal hecho como un precipitarse en la «zona de la desemejanza –en la regio dissimilitudinis. Agustín había echado mano de esa expresión de la filosofía platónica para calificar su estado interior antes de la conversión (cf. Confesiones VII, 10.16): el hombre, creado a semejanza de Dios, al abandonarlo se hunde en la «zona de la desemejanza» – en un alejamiento de Dios en el que ya no lo refleja y así se hace desemejante no sólo de Dios, sino también de sí mismo, del verdadero ser hombre. Es ciertamente drástico que Bernardo, para calificar los cantos mal hechos de los monjes, emplee esta expresión, que indica la caída del hombre alejado de sí mismo. Pero demuestra también cómo se toma en serio este asunto. Demuestra que la cultura del canto es también cultura del ser y que los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental. No se trataba de una «creatividad» privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los «oídos del corazón» las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad.