Sobre el Sacramento de la confesión

No se puede considerar la Confesión reduciéndola a una práctica de acostumbrado moralismo. Es decir: «Yo, para acercarme a la Confesión, debo estar decidido a dejar de cometer este pecado, pues, si no, soy un mentiroso, soy hipócrita; voy allí y sé que después de una hora volveré a equivocarme; después de tres minutos, si tengo ocasión, me equivocaré de nuevo. Entonces, no voy; iré a la Confesión cuando sepa corregirme». Yo te pregunto: ¿qué necesidad tenía el Misterio de Dios de entrar en tu vida, si tú ya eres capaz de corregirte por ti mismo? O bien, uno pretende ir a confesarse sólo cuando tenga un sentimiento íntimo de arrepentimiento, lo cual implica ya una conversión: que uno llore amargamente sus pecados o sienta dolorosamente su equivocación. Si ya hubieras cambiado, sería inútil ir a confesarse. Lo que tú pretendes es algo formal, emotivo, es un formalismo.

En cambio, se trata de algo muy distinto. Tú acudes a ese encuentro porque no eres capaz de nada, no eres capaz, en primer lugar, de decidir por el bien. Acudes a ese encuentro porque estás bloqueado por tus errores; acudes a realizar un gesto que te resulta ajeno, ante el cual te sientes impermeable y lleno de sentimientos negativos; justamente porque estás así acudes al Sacramento, porque reconoces –¡es la única condición!– que eres un pobre hombre. Para reconocer que soy un pobrecillo, un inepto, un desgraciado, para reconocer que soy injusto –es la expresión más discreta y más clara–, para reconocer que no soy yo mismo, hace falta reconocer ese «más» del que hemos hablado antes. Hace falta reconocer que pertenezco al Misterio, que mis acciones pertenecen a un contexto más grande que yo no tengo en cuenta, que no logro tener presente; hace falta reconocer que no soy yo el que consigue poner orden, que no soy capaz de dejar esto o aquello, que no soy capaz de hacer nada. Esta es la condición previa, sólo ésta. Por ello, vas a suplicar a Otro, a pedir que te cambie Él.

El dolor de los pecados necesario para ir a confesarse no es un sentimiento: es un juicio, es el reconocimiento de que mi acto no fue amor, no fue libertad, no fue apertura a ese «más», no aceptó ser parte de un contexto, sino que pretendió y pretende ser ley en sí mismo. El dolor es un juicio. Y el propósito no es un programa que tú dominas (¡no es que de repente te hayas convertido en señor de ti mismo!), pues entonces, Cristo sería inútil, sería como vaciar el Misterio de Cristo, sería como salvarte a ti mismo. El propósito es exactamente el grito del último residuo de sinceridad que hay en ti: «Yo no soy capaz. Dios, cámbiame tú. Y no sé cómo hacer, no sé cómo actuar, no sé cómo cambiarme, ¡sálvame tú!». El propósito es este último residuo de sinceridad que, al no hallar en uno mismo la solución necesaria, clama a Dios, invoca el poder del Misterio de Dios. Porque es evidente que Dios es más poderoso, que su poder es más fuerte que nuestra ineptitud y nuestra maldad.

La misericordia de Dios es más grande que el pecado. Esto no quiere decir que Dios sea mentiroso y diga: «Vas bien cuando te equivocas». Dios no te justifica cuando quieres el mal; Dios necesita sólo un punto de apoyo en ti, un punto infinitesimal de verdad para construir sobre él, con su poder, tu conversión. ¡Para recrearte! Lo único que puede crearte de nuevo es la potencia de Dios, pero necesita un punto, tan sólo un punto de verdad en ti. Porque Dios no puede construir sobre una mentira. Y este punto infinitesimal de verdad en ti reside en la sinceridad de esa súplica, y nada más.

La Confesión es una oración, por tanto, una petición, no un plan establecido. La única cláusula necesaria es que esta petición sea sincera. ¡Decidme si esta sinceridad no se puede dar aún en la peor situación! Si una persona, porque está atrapada en una situación, no va a confesarse, comete dos errores gravísimos: primero, empeora su situación negativa, la remata definitivamente; en segundo lugar, se aleja también de la religión, cada vez más. Es la trayectoria lógica del pecado: en vez de quedarse en un acto malo, se convierte en una historia mala, y el final de esta historia es la mentira. Se abandona incluso la verdad; aunque se siga yendo a la iglesia, todo se vacía, acaba en una adhesión y un reconocimiento huecos.

Por ello, hasta para la persona que está atrapada y comprende que no logrará salir del hoyo, segura de que volverá a equivocarse, ¿cuál es el último residuo de verdad? Clamar a Dios: «Señor, cámbiame tú, porque yo no soy capaz de cambiarme solo. Haz de mí lo que quieras, porque no soy capaz de cambiar. No tenéis excusa para no ir a confesaros. No hay excusa: no es lo que habéis hecho ni vuestro estado de ánimo lo que os mantiene alejados de la Confesión. Ni una cosa ni la otra pueden constituir una razón adecuada para no acudir a la Confesión. Sólo hay una cosa que os mantiene alejados de la Confesión: la mentira hacia vosotros mismos. Es renegar de ese «más», apostatar de ese «más», negar a Dios y renegar de Jesucristo.

Fijaos en que, antes que nada, os traicionáis a vosotros mismos, no a la tradición que habéis recibido y en la que os habéis educado. Mejor dicho, renegáis de Dios y de Cristo, de Dios y de su Revelación, en cuanto inscritos en vuestra humanidad, renegáis de ese «más» impreso en vuestra carne. Es la mentira contra vosotros mismos, el pecado contra la verdad. Esto os mantiene lejos de la Confesión: la falta de deseo del bien, el rechazo a pedir el bien; ¡sólo esto! Y sois hipócritas cuando decís: «No comulgo porque sería una hipocresía». Porque acercarse a la Comunión es una súplica, es el grito de un pobre y desvalido, que sabe que no comprende ni siente nada y, por ello, recurre a la fuerza del Misterio, al que todo lo puede y que le convertirá; recurre a ese Misterio de Dios que se hizo hombre, entró en su vida, le alcanzó con palabras y obras mediante el Misterio de la Iglesia y que le dice: «Estoy aquí». Ese Misterio que ha cambiado a muchos hombres y que por tanto me puede cambiar a mí. Un juicio y un deseo de bien, una invocación hacia el bien: esto es recibir la Comunión. No coincide con un estado de ánimo, un sentimiento, un gusto, un cálculo.

Por tanto, para reavivar ese «más», para que seáis verdaderamente hombres y viváis humanamente, para proporcionar a vuestros actos el alma de la que normalmente carecen, para que se ilumine y se oriente vuestra angustia, os invito a acercaros al Sacramento. Para que la caridad, es decir, el amor, sea la dirección que marca la vida, para que nuestros actos, de manera cada vez más consciente, estén en relación con el gran contexto en el que se insertan, para comprender quién es Dios que se hizo hombre, y cuál es su poder, para experimentar que Cristo existe de verdad y se manifiesta entre nosotros, yo os invito encarecidamente a acercaros al Sacramento. Se trata del encuentro con una realidad que percibimos confusamente y no podemos abarcar: nos acercamos a estos gestos como al reflejo misterioso de otra realidad. Y viviéndolos, estos gestos cobran luz y sugieren con mayor claridad a nuestro espíritu un modo nuevo de vivir que afecta a todas las relaciones y las acciones: vivir el Sacramento hace de todas nuestras relaciones una Comunión. Pero estos frutos se alcanzan con el tiempo.

Lo imprescindible es empezar. Lo importante es reconocer esta Presencia, es suplicar esta Presencia, porque en ella reside el poder de Aquel que hace todas las cosas, exactamente igual que estaba en el rostro de Cristo, en el hombre Jesucristo. Los fariseos la quitaron de en medio del mismo modo en que nosotros quitamos de nuestra vida a los Sacramentos, quitamos de en medio su Presencia, su Presencia física: nos quedamos, quizá, con un sentimiento, la reducimos a algo emotivo, o a teorías teológicas y rudimentarios conocimientos históricos.

 

de una conversación de Mons. Luigi Giussani (1922-2005)